PUEDO ALEGRARME POR los cubanos, pero me conduelo por mí. Parece que nada es como era; entonces, parafraseando a Neruda es dable asegurar “que nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. ¿Pensarán eso allá en La Habana, en Camagüey, Santiago y Santa Clara? 
Al tiempo que escribo estas líneas los parlantes de mi computadora dejan sonar la melancólica canción ‘Yolanda’, compuesta por Pablo Milanés pero en la voz de Silvio Rodríguez. Nunca he estado en Cuba, y los sones de esa melodía me transportan –imaginariamente por cierto- al malecón habanero cuando el sol cae sobre occidente y la sugerente necesidad de charlar señala el camino hacia la Bodeguita del Medio.
Mis amigos ‘doble ele’, Latorre y Latoja, me lo habían sugerido hace siete años. “Tienes que visitar Cuba antes que Fidel se vaya; después será otra Cuba”. Presencié a tantos chilenos viajando a la isla con afanes de curiosidad más que de turismo, pero nunca pude contar con el dinero necesario para abordar un avión hacia el caribe. ¡Si hasta derechistas recalcitrantes –borrando con el codo lo que habían escrito con sus manos- se dejaron caer por La Habana, Varadero y otros lugares isleños! Y yo fui incapaz de hacerlo. He ahí mi dolor.
Fidel no estará más discurseando en la Plaza de la Revolución frente a miles de cubanos agitando banderas. Es historia. Como historia son Camilo y el Ché. Lo triste –para mí- es que crecí junto a la Revolución; cuántas veces hablé en su defensa en decenas de foros universitarios durante mi agitada época de estudiante, alentado por el convencimiento de poder conocerla personalmente una vez que me titulase. Pero, Pinochet dijo y dispuso cosas diferentes. Al igual que la Revolución, mi vida comienza a transitar sus últimos escarceos y senderos. Ya no hay tiempo ni voluntad.
Ahora es tarde. Creo que Cuba será pronto un país similar a las demás repúblicas caribeñas y su pasado revolucionario servirá sólo como un acicate extra para el turismo. Puedo estar equivocado, pero eso es lo que pienso. Dará lo mismo ir a República Dominicana, Puerto Rico o Cuba.
Tal vez, al igual que acá en Colchagua hizo un poderoso empresario al poner en movimiento el tren del vino, allá en La Habana otros darán nacimiento a un tren de la revolución para que el turista pueda recorrer –cómodamente sentado con un mojito en la mano- los lugares por donde pasaron los hombres de Castro, Cienfuegos y Guevara rumbeando victoriosos hacia la capital. Historia, pura historia. En las playas de Bahía Cochinos el tren hará un alto para que los visitantes puedan disfrutar de la comida chatarra y comprar bagatelas a precios accesibles, pero bagatelas ‘revolucionarias’ ya recuperadas por el sistema neoliberal a través del libre mercado, made in Miami, Hong-Kong o Seúl.
Si hubiese contado con capacidad económica para cumplir mi anhelo, de seguro me habría topado veinte o treinta años atrás con García Márquez, con Benedetti, con Saramago, o con García Siena…ese querido amigo filipino que conocí en Brasil cuando ambos éramos estudiantes de postgrado en la Universidad de Sao Paulo, y que dijo me esperaría por esos lados. ¿Dónde? En la Bodeguita, por supuesto, o en el Floridita.
Si hubiese sido posible, habría tratado de conversar también con Reinaldo Arenas, Lezama Lima y Virgilio Piñera…¿por qué no? Los escritores, poetas y músicos están por sobre el establishment, sea este capitalista, socialista o anarquista. El arte es superior a la política. ¿No dijeron en Argentina que Borges era hombre de derecha y sin embargo sigue siendo uno de los más grandes de la escritura latinoamericana? ¿No ocurrió algo similar con el ruso Alexander Solyenitizin en épocas pasadas, a quien después el mismísmo Vladimir Putin –ex ‘capo’ de la KGB- entregó una condecoración oficial?
Algo similar podría suceder en un futuro cercano con uno de mis escritores chilenos favoritos, Roberto Ampuero, quien abrazó juvenilmente a la revolución cubana, para después –ya exitoso y acurrucado en la fama- renegar de ella o, al menos, cuestionarla severamente. ¿Cómo contestarle si yo jamás la conocí ni la experimenté ni la vivencié? Hoy día, incluso las obras y planteamientos de los escritores cubanos desencantados con ‘el proceso’ son simple anécdota. Me perdí todo aquello. Raúl no es igual a Fidel. Ni yo soy el mismo que ese Arturo del año 1972. El agua bajo los puentes no pasa en vano.
Con mi amigo filipino habíamos concordado visitar también la Universidad de La Habana en la calle San Lázaro, y el Centro Cultural ‘Alejo Carpentier’ ubicado muy cerca de la Plaza de la Catedral, en calle Empedrado. Al atardecer, asistiríamos al restaurante ‘La Divina Pastora’ para cenar después de presenciar el espectáculo del Cañonazo (09 de la noche) en la fortaleza del Moro. Yo fallé. Los caminos de la vida impusieron sus términos dejándome en la vera del camino prometido. ¡Cuánto me habría emocionado y satisfecho poder asistir a ese encuentro de amistad y conciencia! ¡Cuánto me habría gustado saborear la patria de Martí en sus momentos de mayor influencia en la juventud izquierdista de Latinoamérica!
Pero ya no hay tiempo, deseos ni interés. ¿Me habré perdido Cuba…la verdadera Cuba revolucionaria? Creo que sí, pero no estoy seguro.
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Al tiempo que escribo estas líneas los parlantes de mi computadora dejan sonar la melancólica canción ‘Yolanda’, compuesta por Pablo Milanés pero en la voz de Silvio Rodríguez. Nunca he estado en Cuba, y los sones de esa melodía me transportan –imaginariamente por cierto- al malecón habanero cuando el sol cae sobre occidente y la sugerente necesidad de charlar señala el camino hacia la Bodeguita del Medio.
Mis amigos ‘doble ele’, Latorre y Latoja, me lo habían sugerido hace siete años. “Tienes que visitar Cuba antes que Fidel se vaya; después será otra Cuba”. Presencié a tantos chilenos viajando a la isla con afanes de curiosidad más que de turismo, pero nunca pude contar con el dinero necesario para abordar un avión hacia el caribe. ¡Si hasta derechistas recalcitrantes –borrando con el codo lo que habían escrito con sus manos- se dejaron caer por La Habana, Varadero y otros lugares isleños! Y yo fui incapaz de hacerlo. He ahí mi dolor.
Fidel no estará más discurseando en la Plaza de la Revolución frente a miles de cubanos agitando banderas. Es historia. Como historia son Camilo y el Ché. Lo triste –para mí- es que crecí junto a la Revolución; cuántas veces hablé en su defensa en decenas de foros universitarios durante mi agitada época de estudiante, alentado por el convencimiento de poder conocerla personalmente una vez que me titulase. Pero, Pinochet dijo y dispuso cosas diferentes. Al igual que la Revolución, mi vida comienza a transitar sus últimos escarceos y senderos. Ya no hay tiempo ni voluntad.
Ahora es tarde. Creo que Cuba será pronto un país similar a las demás repúblicas caribeñas y su pasado revolucionario servirá sólo como un acicate extra para el turismo. Puedo estar equivocado, pero eso es lo que pienso. Dará lo mismo ir a República Dominicana, Puerto Rico o Cuba.
Tal vez, al igual que acá en Colchagua hizo un poderoso empresario al poner en movimiento el tren del vino, allá en La Habana otros darán nacimiento a un tren de la revolución para que el turista pueda recorrer –cómodamente sentado con un mojito en la mano- los lugares por donde pasaron los hombres de Castro, Cienfuegos y Guevara rumbeando victoriosos hacia la capital. Historia, pura historia. En las playas de Bahía Cochinos el tren hará un alto para que los visitantes puedan disfrutar de la comida chatarra y comprar bagatelas a precios accesibles, pero bagatelas ‘revolucionarias’ ya recuperadas por el sistema neoliberal a través del libre mercado, made in Miami, Hong-Kong o Seúl.
Si hubiese contado con capacidad económica para cumplir mi anhelo, de seguro me habría topado veinte o treinta años atrás con García Márquez, con Benedetti, con Saramago, o con García Siena…ese querido amigo filipino que conocí en Brasil cuando ambos éramos estudiantes de postgrado en la Universidad de Sao Paulo, y que dijo me esperaría por esos lados. ¿Dónde? En la Bodeguita, por supuesto, o en el Floridita.
Si hubiese sido posible, habría tratado de conversar también con Reinaldo Arenas, Lezama Lima y Virgilio Piñera…¿por qué no? Los escritores, poetas y músicos están por sobre el establishment, sea este capitalista, socialista o anarquista. El arte es superior a la política. ¿No dijeron en Argentina que Borges era hombre de derecha y sin embargo sigue siendo uno de los más grandes de la escritura latinoamericana? ¿No ocurrió algo similar con el ruso Alexander Solyenitizin en épocas pasadas, a quien después el mismísmo Vladimir Putin –ex ‘capo’ de la KGB- entregó una condecoración oficial?
Algo similar podría suceder en un futuro cercano con uno de mis escritores chilenos favoritos, Roberto Ampuero, quien abrazó juvenilmente a la revolución cubana, para después –ya exitoso y acurrucado en la fama- renegar de ella o, al menos, cuestionarla severamente. ¿Cómo contestarle si yo jamás la conocí ni la experimenté ni la vivencié? Hoy día, incluso las obras y planteamientos de los escritores cubanos desencantados con ‘el proceso’ son simple anécdota. Me perdí todo aquello. Raúl no es igual a Fidel. Ni yo soy el mismo que ese Arturo del año 1972. El agua bajo los puentes no pasa en vano.
Con mi amigo filipino habíamos concordado visitar también la Universidad de La Habana en la calle San Lázaro, y el Centro Cultural ‘Alejo Carpentier’ ubicado muy cerca de la Plaza de la Catedral, en calle Empedrado. Al atardecer, asistiríamos al restaurante ‘La Divina Pastora’ para cenar después de presenciar el espectáculo del Cañonazo (09 de la noche) en la fortaleza del Moro. Yo fallé. Los caminos de la vida impusieron sus términos dejándome en la vera del camino prometido. ¡Cuánto me habría emocionado y satisfecho poder asistir a ese encuentro de amistad y conciencia! ¡Cuánto me habría gustado saborear la patria de Martí en sus momentos de mayor influencia en la juventud izquierdista de Latinoamérica!
Pero ya no hay tiempo, deseos ni interés. ¿Me habré perdido Cuba…la verdadera Cuba revolucionaria? Creo que sí, pero no estoy seguro.
Arturo Alejandro Muñoz
Para Kaos en la Red