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Hermanos Vergara Toledo



Introducción
En el año 1985, 53 chilenos fueron asesinados fría y cobardemente por la Dictadura Militar. Para la eliminación de 8 de ellos se recurrió a la técnica de "muertos en enfrentamientos", haciendo aparecer así a las víctimas como responsables de su propia muerte al tiempo que se les catalogaba de "terroristas", "subversivos", "violentistas", acusaciones jamás comprobadas.

De estos 53 chilenos asesinados en 1985, 48 son hombres y 5 son mujeres. Las formas de muerte son múltiples y variadas, y al analizarlas se descubre que la mayoría de las veces se ha sobrepasado "el límite del horror". Entre los muertos en falsos enfrentamientos, se cuenta una mujer. Paulina Aguirre Tobar, estudiante de 20 años, asesinada por la CNI en el sector del Arrayán. Su ejecución ocurre en su propia casa, con gran despliegue policial y publicitario. La versión oficial expresa que la "terrorista subversiva muere al enfrentarse con las fuerzas policiales que ingresan a su domicilio con el objeto de efectuar un allanamiento". El informe médico legal señala que su muerte fue producida por disparos en la espalda...

Las 4 mujeres restantes asesinadas en 1985, a diferencia de Paulina Aguirre no fueron buscadas, perseguidas ni ejecutadas fríamente, ni sus formas de morir tergiversadas y ocultadas por la mentira. Más penosamente quizás, sus muertes fueron al azar. El azar de vivir o morir. Riesgo de los chilenos bajo la Dictadura. Marisol de las Mercedes Vera Linares fue alcanzada en la cabeza por ráfagas de metralleta disparadas por individuos "no identificados" que se movilizaban en una camioneta Chevrolet C10, mientras presenciaba manifestaciones callejeras desde la puerta de su casa en la comuna de Pudahuel en Santiago. Las otras 3 mujeres mueren en condiciones similares: "fuerzas del orden", carabineros o individuos no identificados disparan sin saber a quién, una sola bala de muerte o ráfagas de metralleta, así como así, al pasar.

Las 5 mujeres asesinadas en 1985, salvo una, eran jóvenes al igual que Paulina que recién comenzaban su vida; como Sara Plaza, quien muere el 1º de mayo alcanzada por una bala mientras caminaba por la Plaza Yungay con su hija en brazos. Acababa de cumplir 17 años y ese día carabineros realizaba un operativo policial en el sector.

El año 1985 inaugura sus muertes con un asesinato fría y calculadamente planificado: es el fin de Alan Williams Rodríguez Pacheco. Como tantos otros. Alan es de aquellos que no transan jamás con la Dictadura. Preso Político, torturado en los primeros años, es expulsado a Inglaterra en 1976. Vuelve en forma clandestina a continuar la lucha. Su rastro es seguido meticulosamente durante meses; ubicado es asesinado, su casa incendiada y él calcinado. Los periódicos presentan su muerte ocurrida el 3 de enero como un "enfrentamiento". Según vecinos, hubo un gran despliegue de vehículos y personas en el lugar e inmediatamente después de ocurrido el hecho, ingresan al lugar periodistas y camarógrafos de la TV Nacional. Su mujer, embarazada de 7 meses, ignorante del hecho, fue detenida en su lugar de trabajo horas más tarde. Con los ojos vendados, fue trasladada a una casa secreta de tortura y manipulada por horas y por días a fin de extraer más información. Derrotados, antes de incomunicarla le dicen brutalmente "Lo único que te queda es tu hijo; de tu casa y tu marido no queda nada". En la casa quemada no había armas.

Fueron 7 los hombres muertos en "falsos enfrentamientos" en 1985. Entre ellos, los dos hermanos Vergara Toledo, Eduardo y Rafael, de 20 y 18 años de edad. Dos meses antes de ser asesinados, en Quillota, ciudad cercana a Santiago, también dos hermanos, Marcelo y Daniel Miño Logan, habían muerto en manos de la CNI en un supuesto enfrentamiento. Un sobreviviente, Fernando Fuentes, describe así estas muertes en combate desigual: "300 efectivos de la Central Nacional de Informaciones, CNI, rodeaban a los 2 hermanos. Uno de ellos muere inmediatamente y el otro trata de rendirse por lo menos en dos oportunidades. Pudieron detenernos, al lado de ellos no éramos nada; eligieron matar..."

Las otras formas de morir en los 45 casos restantes del año 1985 que no fueron en falsos enfrentamientos, se debieron para la mayoría de los hombres, igual que las mujeres, al azar.

De este modo, para inmovilizar, para aterrorizar al país, la dictadura asesinó a 23 chilenos que no eran requeridos ni buscados y que se encontraban al interior de sus casas o en las calles, solos o acompañados por sus familiares o amigos. Los mataron con disparos aislados o ráfagas de metralletas gatilladas por fuerzas de orden o por individuos no identificados que se movilizaban en autos o en camioneta, casi siempre sin distintivos ni patentes. En 3 casos, sin saberlo, asesinaron a sus propios familiares.

En tres casos la fuga fue la forma de asesinar a jóvenes chilenos cuyas vidas estaban absolutamente a merced de sus perseguidores. Así sucedió con Óscar Fuentes Hernández, joven estudiante de matemáticas, asesinado mientras corría, absolutamente desarmado, tratando de evitar que numerosos carabineros y "civiles" lo detuvieran junto a otros compañeros de la Universidad de Santiago.

En 8 casos, en cambio, la muerte fue provocada al interior de los recintos carcelarios luego de haber sido arrestados y sometidos a diversas y mortales formas de tortura. Así sucede con Patricio Manzano, joven estudiante de Ingeniería, detenido el 8 de Febrero en San Felipe, en las redadas efectuadas por carabineros en contra de los estudiantes que participaban en los trabajos voluntarios organizados por la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Patricio Manzano falleció de una crisis cardíaca a consecuencia de los malos tratos recibidos, mientras era trasladado desde la 1ra. Comisaría a la Asistencia Pública.

Dramática es la muerte de Carlos Godoy Echegoyen, 15 días más tarde, luego de ser bestialmente torturado en una comisaría de Quintero y ser trasladado a Valparaíso. Carlos tenía 23 años. Junto a su madre había retornado a Chile desde el exilio hacía 8 meses. Los estudiantes que habían sido detenidos por la CNI fueron testigos de sus desgarradores gritos bajo tortura, hasta el silencio final.

Cuatro hombres encuentran la muerte, según informaciones oficiales, "al estallar una bomba o materiales explosivos que ellos habrían estado manipulando". En 3 casos existe la certeza de que ellos habían sido previamente detenidos y que se eligió para su eliminación, como sucedió con Loreto Castillo y Alicia Ríos Crocco en 1984, esta forma brutal de desintegrar sus cuerpos y hacerlos pasar por "terroristas".

Los restantes 7 casos de 1985 demuestran fría y dramáticamente que para la dictadura no es suficiente matar: precisa además descuartizar, degollar, triturar y quemar los cuerpos para luego arrojarlos al mar, desde un acantilado (José Rodolfo Randolph Segovia); hacerlos aparecer en los faldeos cordilleranos, destrozados por una bomba (Julio Santibáñez Romero); o bárbaramente torturado flotando en un río (Manuel Astorga Galaz); o aparecer en una población de Santiago luego de haber sido secuestrado, torturado y muerto a tiros (Manuel Alejandro Garrido Mesa); o ir por ellos, asesinarlos y luego abandonarlos en los campos cercanos a Santiago, en Quilicura. El mar, los ríos, las playas, las montañas, las poblaciones, el campo, toda la geografía de Chile ha sido violada por la Dictadura al hacerla cómplice silenciosa de sus crímenes.

Duele evocar sus nombres mil veces repetidos en canciones y gritos de protestas o mentalmente en el silencio de nuestras conciencias: José Manuel Parada, Santiago Nattino, Manuel Guerrero Algún día, desde ahora y más tarde recuperaremos sus vidas, sus poemas, pinturas, ideas y palabras, sus hermosas vidas no acabadas.

Pero a la dictadura no le bastaron diversas y variadas formas de asesinar y no se contentó con diseminar cadáveres por el extenso territorio de Chile. Era necesario matar en horas, correr contra el tiempo. Era preciso paralogizar, inmovilizar definitivamente por el horror el avance del pueblo. Entre los días 29 y 30 de marzo de 1985, en un lapso de horas, 6 chilenos fueron brutalmente asesinados. Entre ellos, los hermanos Vergara Toledo.

Desde que iniciamos nuestro trabajo de análisis sistemático de todas las formas de violación de los derechos humanos y más precisamente del derecho a la vida, hemos manifestado que no basta con denunciar; además es preciso conocer a fondo para enfrentarlas firmes y decididamente, todas las formas de violencia implementadas por el régimen. Conocer las causas, las formas que ella adopta, la ideología que la motiva, así como la formación y el carácter de los funcionarios que la aplican. Este conocimiento objetivo de la realidad no confundirá la memoria histórica, base sobre la cual construiremos la nueva sociedad. Pero paralelamente, hemos querido conocer también al hombre que se ha enfrentado a la violencia y que ha recibido sobre sí todo el odio que la clase dominante es capaz de ejercer sobre el pueblo. Siempre tuvimos el sentimiento y hemos llegado a la convicción, a través del conocimiento, de que ellos, los asesinados por la dictadura, los ejecutados, los hecho desaparecer, alcanzaron una inmensa dimensión como hombres que los hace trascender no tan sólo por la transparencia de sus vidas sino también por la consecuencia de su práctica humana que los hizo enfrentar la dictadura hasta la muerte.

La dictadura escamotea sus vidas y tergiversa sus muertes, usando todos los medios de que dispone: la prensa, la televisión, la justicia. Cubre sus muertes con falsedades y engaños a la vez que manipula las conciencias de los ciudadanos para ocultar y distorsionar la verdadera causa de la violencia: el terrorismo de Estado. Desgraciadamente aún hay muchos que voluntaria o involuntariamente se confunden.

Nuestro trabalo permanente es buscar, indagar, recopilar, objetivar, precisar con quienes los conocieron, mediante una rigurosa metodología de análisis del hombre, el verdadero perfil humano de los asesinados por el régimen y de los muertos en falsos enfrentamientos.

Nos sentimos altamente honrados al entregar hoy día el 3er Volumen de nuestra colección Patricio Sobarzo, dirigente del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, asesinado por la Dictadura en un falso enfrentamiento el 2 de julio de 1984.

En este pequeño libro, el Comité ha querido presentar no sólo las vidas de Eduardo y Rafael, sino esbozar además la historia de su familia, del medio social y cultural en que nacieron y se formaron mostrar las poblaciones marginales de Chile, la Universidad, la juventud, los compañeros, el compromiso cristiano y revolucionario. Las raíces son tan profundas, los valores tan supremos, los lazos humanos tan indestructibles que al asesinar a los hermanos Vergara Toledo, la dictadura sólo ha logrado que ellos vivan para siempre.



Fuente : Editado electrónicamente por el Equipo Nizkor- Derechos Human Rights el 18mar02